Los Hombres, Agentes Kármicos

[Artículos Teosóficos]



ste es el título de un escrito de Alexander Fullerton impreso en la serie “Theosophical Sifting” en que considera el asunto si deberíamos tomar medidas punitivas o reformatorias, hacia los seres humanos, nuestros hermanos, cuyo comportamiento a menudo condenamos. En su artículo expresa muchas cosas que no se le puede contradecir según las reglas prevalecientes, pero existen otras consideraciones y maneras de comprender el término “Agente Kármico.”

A este propósito H.P.B. tenía un sentido particular y técnico, bajo del cual el Agente Kármico se quita de la masa general común, a lo que se refiere el artículo en “Siftings.” Una declaración de la ley kármica convertirá no sólo a los individuos en agentes kármicos, sino que todos los demás seres en el Cosmos, pues cada uno está bajo la influencia de la ley de acción y reacción, y, junto a esta ley, constituye el universo. Todo individuo, considerado como una unidad en la masa general de la población, es un agente kármico en el sentido expresado anteriormente, como todo caballo, perro, la lluvia y el sol. Por lo tanto, en nuestras acciones diarias, aún las más insignificantes, ya que estemos conscientes de los efectos o no, somos tales agentes. Una sola palabra puede afectar a otro individuo por toda la vida. Puede causar nuevamente la explosión del fuego pasional, o efectuar un gran cambio permanente. Podríamos ser la razón por la cual una persona llega a una cita con retrazo, salvándolo de una calamidad, o viceversa. Todo esto es muy diferente al sentido técnico al cual me he referido.

Desde un punto de vista particular, un “Agente Kármico” es una persona que concentra en una manera más rápida de lo usual, las líneas de influencia que a veces causan los acontecimientos en un modo sutil y extraño. Estos seres están divididos en dos clases, la primera son los que, entre la masa, llegan a esta existencia dotados o condenados con un poder, para ellos desconocido, que trajeron de la vida anterior. La segunda son los que mediante una disciplina tienen el poder, o más bien, se han convertido en concentradores conscientes de estas fuerzas. Pertenecen a esta categoría los adeptos grandes y pequeños. La vida de Zanoni, narrada por Bulwer Lytton, nos ofrece una ilustración de esto, y en realidad la existencia de los individuos que encontraron a Zanoni cambiaba súbitamente, y, aunque el hijo de Lytton, según mi opinión trabajando de fantasía, dijo que su padre nunca quiso decir con este libro lo que según los teósofos intentó expresar, sin duda Bulwer se propuso mostrar y enseñar la ley del Karma.

En la edición americana del Aforismo 36 del segundo libro de los “Aforismos Yoga de Patanjali,” encontramos el mismo concepto: “Al alcanzar la verdad completa, el Yogui se convierte en el foco del karma que resulta de toda obra, positiva y negativa.” Mientras en la edición de Bombay leemos: “Al alcanzar la verdad completa, él es el recipiente del resultado de las obras.”

Si una persona se encuentra y habla con un adepto, su karma positivo o negativo emerge a la superficie más rápidamente de lo usual, por lo tanto el Adepto podría ofrecer un regalo haciendo fluir el mal e incrementar el bien. En la India ésta es una tradición bien conocida, mientras el occidental la considera una superstición. He conversado con los que afirman que encontraron casualmente algunos Yoguis en el bosque, con los cuales hablaron. En un caso un hombre le contó que un amigo querido estaba muy enfermo, a punto de morir. Cuando volvió a casa descubrió que la enfermedad había desaparecido, mientras estaba hablando con el Yogui. En otros casos algunos hombres encontraron unos adeptos que les comunicaron que tal encuentro traería el resultado opuesto respecto a lo anteriormente descrito, a causa de una rápida concentración. Pero aún esto sería un beneficio en cuanto habría agotado mucho karma negativo. La historia de la hija del centurión y Jesús de Nazareth, pertenece a esta clase de tradiciones.

Según H.P.B. existen muchas personas envueltas en los acontecimientos del mundo que inconscientemente son agentes kármicos en este sentido particular, trayendo continuamente a los demás efectos repentinos buenos o malos, que de otro modo se hubieran agotado lentamente, extendiéndose por largo tiempo.

Si esta teoría es cierta, incluye también la explicación del 'mal ojo,' que es simplemente una forma alterada del conocimiento de que entre nosotros existen tales agentes kármicos, los cuales, echando la mirada hacia los demás, atraen muy rápidamente efectos que, sin el agente kármico nunca hubieran emergido, porque habrían necesitado más tiempo para manifestarse.

Pero si seguimos demasiado rigurosamente la teoría según la cual los seres humanos son agentes kármicos para castigar o reformar los demás, se cometerán muchos errores y se engendrarán numerosos sentimientos negativos en las personas, haciendo inevitable que nosotros, que fuimos la causa de estos sentimientos, algún día recibiremos en esta o en otra vida la justa reacción. Por otra parte, no deberíamos abstenernos del deber de aliviar el dolor si podemos hacerlo. Negar la ayuda a los que sufren porque pensamos que es su karma, es cobardía y orgullo. Si podemos, es nuestro buen karma aliviar siempre el sufrimiento. En la mejor de las hipótesis somos ignorantes y no sabemos lo que será el efecto de la acción que estamos por realizar o sugerir. Por lo tanto, es una actitud más sabia no asumir, en ocasiones banales, que somos los reformadores o los castigadores, como agentes kármicos, de los que parecen ser los ofensores.

—D.K.

Path, Marzo 1892.


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