[Artículo por H. P. Blavatsky]
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No podemos estrenar este primer número de una Revista Teosófica oficial y rigurosa sin presentar a nuestros lectores alguna información que nos parece esencial. En efecto, las ideas que hasta la fecha se tienen acerca de la llamada Sociedad Teosófica en la India, son tan varias y vagas, que hasta muchos de nuestros miembros tienen, al respecto, opiniones muy erróneas. Nada puede mostrar, de manera más convincente, la necesidad de hacer notorias las metas que nos proponemos en una revista dedicada, exclusivamente, a la Teosofía. Además: antes de pedir a nuestros lectores que se interesen por ella o que emprendan su estudio, deben recibir algunas explicaciones preliminares. ¿Qué es la Teosofía? Desde el principio se nos pregunta: ¿por qué usar un nombre tan rimbombante? Cuando contestamos que la Teosofía es Sabiduría Divina o Sabiduría de los Dioses (Theos-Sophia), más que de un Dios, se nos endilga una objeción aún más extraña: "¿Entonces, no sois Buddhistas? Aunque ya sabemos que los Buddhistas no creen ni en uno, ni en muchos dioses [...]" Nada podría ser más correcto. En primer lugar: no somos más Buddhistas que cristianos, musulmanes, judíos, zoroastrianos o brahmanes. Además: en lo que atañe a la cuestión de los Dioses, nos atenemos al método esotérico de Hyponia, que Amonio Saccas enseñó; es decir: el significado oculto del término. ¿Acaso Aristóteles no dijo que: "La Esencia Divina que penetra a la naturaleza y que se difunde en todo el Universo (que es infinito) y que las masas llaman Dioses, es simplemente [...] los principios primeros?"—en otras palabras, las fuerzas creadoras de la Naturaleza. El hecho de que los filósofos buddhistas admitan y conozcan la naturaleza de estas fuerzas, tan bien como cualquier otro, no implica que la Sociedad Teosófica, como tal, sea buddhista. La Sociedad, en su calidad de corporación abstracta, no cree en nada, no acepta nada y no enseña nada. La Sociedad en sí, no puede, ni debe tener alguna religión; ya que las contiene todas. Al fin y al cabo, los cultos son sólo vehículos externos, formas más o menos materiales que contienen, más o menos, la esencia de la Verdad Universal Una. La Teosofía, en su naturaleza esencial, es la ciencia tanto espiritual como física de esta Verdad, la verdadera esencia de la búsqueda deísta y filosófica. La Sociedad Teosófica, como representante visible de la Verdad universal, no puede ser fanática, no puede tener preferencias o ser más parcial que una sociedad antropológica o geográfica; pues la Verdad Universal contiene todas las religiones y filosofías y, cada una de ellas contiene, a su vez, una porción de dicha Verdad. ¿Acaso le interesa, a una sociedad antropológica o geográfica, a cuál religión pertenecen sus exploradores, siempre que cada uno de sus miembros cumpla con valor su deber? Ahora bien: si se nos pregunta, como ha acontecido muchas veces, si somos deístas o ateos; espiritistas o materialistas, idealistas o positivistas, monárquicos, republicanos o socialistas, sólo podemos contestar que cada una de estas opiniones está representada en la Sociedad Teosófica. Es suficiente repetir lo que dije hace diez años en un artículo de fondo de la revista Theosophist, para mostrar cuánto de lo que el público general piensa, es diferente de lo que en realidad somos. De vez en cuando, a nuestra Sociedad se le ha acusado de las ofensas más elaboradas y acciones malas más contradictorias, atribuyéndole intenciones e ideas que jamás tuvo. ¡Qué no se ha dicho de nosotros! Un día éramos una asociación de ignorantes, que creían en los milagros; el día siguiente se declaraba que éramos taumaturgos con propósitos secretos y enteramente políticos; por la mañana se decía que éramos carbonarios y nihilistas peligrosos; por la noche, se descubría que éramos espías pagados por la Rusia autocrática y monárquica. En otros momentos, sin ninguna transición, se creía que éramos jesuitas dispuestos a arruinar el espiritismo francés. Los positivistas americanos veían en nosotros unos fanáticos religiosos; mientras el clero de todas las naciones nos denunciaba como emisarios de Satán, etc., etc. Finalmente, nuestros críticos bondadosos, con elegancia imparcial, dividieron a todos los teósofos en dos categorías: los charlatanes y los ingenuos [...] Ahora bien: los hombres calumnian sólo a quienes odian o "temen." ¿Por qué se nos odia? En lo que concierne al temernos, ¿quién sabe? La Verdad no siempre es bienvenida y quizá pronunciemos demasiadas verdades reales. Sin embargo, desde el momento que la Sociedad Teosófica fue fundada en los Estados Unidos, hace 14 años, nuestras enseñanzas han recibido una atención completamente inesparada. Tuvimos que ampliar el programa original y, el territorio de nuestras búsquedas y exploraciones combinadas, ahora se extiende hacia un horizonte ilimitado. Esta expansión se hizo necesaria por el número siempre en ascenso de nuestros miembros, que aun crece diariamente. La diversidad de sus razas y religiones requería un estudio más y más profundo por nuestra parte. Sin embargo, a pesar de que nuestro programa ha sido extendido, no se ha cambiado nada en lo que atañe a los tres objetivos principales excepto, tristemente, con respecto al que más queríamos, el primero: la Hermandad Universal sin distinción de raza, color o credo. No obstante todos nuestros esfuerzos, este objetivo ha sido casi siempre ignorado o se ha quedado en letra muerta; especialmente en la India, gracias a la arrogancia y al orgullo nacional de los ingleses. Excepción hecha por esto, los otros dos objetivos: el estudio de las religiones orientales, especialmente de las antiguas religiones védicas y buddhistas y nuestras búsquedas en los poderes latentes en el ser humano, han sido seguidos con un celo que ha recibido su recompensa. Desde 1876, nos hemos visto obligados a desviarnos, más y más, de la arteria principal de los principios generales, originalmente establecidos, tomando caminos laterales que van expandiéndose continuamente. Por lo tanto: a fin de satisfacer a los teósofos y seguir la evolución de todas las religiones, hemos sido forzados a viajar alrededor del mundo, comenzando nuestro peregrinaje al rayar del ciclo de la humanidad incipiente. Estas búsquedas han desembocado en una síntesis que acabamos de delinear en La Doctrina Secreta, algunas porciones de las cuales se traducirán en esta revista.1 La doctrina está apenas esbozada en nuestros volúmenes; sin embargo, los misterios que allí se develan, tocante a las creencias de los pueblos prehistóricos, la cosmogonía y la antropología, no se habían divulgado hasta la fecha. Ciertos dogmas y teorías de La Doctrina Secreta son antitéticos con las teorías científicas, especialmente las darwinianas; sin embargo explican y arrojan luz en lo que, hasta ahora, se ha quedado incomprensible, llenando más de un vacío dejado, se quiera o no, por los científicos. Pero nosotros tuvimos que presentar todas estas doctrinas como son o jamás mencionar el tema. Quien se sienta atemorizado por estas perspectivas infinitas y trate de reducirlas, valiéndose de atajos y "puentes suspendidos" que la ciencia construye artificialmente sobre sus mil y un vacíos, más le valdría que no entrara en las Termópilas2 de la ciencia arcaica. Este ha sido uno de los resultados alcanzados por nuestra Sociedad. Quizá no sea mucho; pero le seguirán, seguramente, ulteriores revelaciones exotéricas o puramente esotéricas. Hablamos de esto por dejar constancia de que no predicamos ninguna religión en particular, dejando a cada miembro libre de seguir su creencia particular. El objetivo principal de nuestra organización, por la cual nos esmeramos a fin de convertirla en una verdadera hermandad, está muy explícito en el lema de la Sociedad Teosófica y de todos sus órganos: "No hay Religión más elevada que la Verdad." Por lo tanto, como Sociedad impersonal, debemos acoger la Verdad dondequiera que se encuentre; sin estar en contra o ser parciales a ninguna creencia. Esto nos lleva, directamente, a una deducción lógica: si aclamamos y damos la bienvenida con brazos abiertos a todo buscador serio de la verdad, es obvio que en nuestras filas no hay espacio para el fanático ardiente, el dogmático o el hipócrita circundado por una "muralla china" de dogmas, cada uno de cuyos ladrillos lleva inscrito: "de aquí no se pasa." En realidad: ¿qué posición podría tener, entre nosotros, un fanático, cuya religión le impide toda investigación y no admite el uso libre de la razón; cuando el concepto original, la mera raíz de la cual crece la planta hermosa que llamamos Teosofía, es una exploración libre y completa en todos los misterios naturales, divinos o humanos? Aparte de esta restricción, la Sociedad Teosófica invita a todos a participar en sus pesquisas y descubrimientos. Quienquiera que sienta que su corazón late al unísono con el gran corazón de la humanidad; quienquiera que sienta que sus intereses son uno con los de los más pobres y menos afortunados que él; quienquiera, hombre o mujer, que esté siempre dispuesto a prestar servicio a quienes sufren, quienquiera que esté plenamente consciente del verdadero significado del "Egoísmo," es un Teósofo congénito y por derecho. Puede estar seguro que siempre encontrará, entre nosotros, corazones comprensivos. En efecto: nuestra Sociedad es una pequeña humanidad especial, donde, al igual que en la humanidad en general, uno puede encontrar su contraparte. Si se objetara que en esta Sociedad Teosófica, el ateo está al lado del deísta y el materialista del idealista, contestaremos: "¿Y qué? Si un individuo es un materialista, es decir: discierne en la materia una potencialidad infinita para la creación o mejor dicho: para la evolución de toda vida terrestre o si otro es un espiritista, dotado de percepción espiritual que el primero no tiene, ¿por qué esto debería impedir, al uno o al otro ser un buen Teósofo? Además: quienes adoran a un Dios Personal o a una Sustancia Divina, son mucho más materialistas que el panteísta, el cual rechaza la idea de un Dios de carne, mas percibe la esencia divina en cada átomo. Todo el mundo sabe que el buddhismo no reconoce el binomio Dios o Dioses. Sin embargo, para el Arhat, para el cual cada átomo de polvo está tan lleno de Swabhavat (sustancia maleable, eterna e inteligente, aunque impersonal) como lo está él mismo y que trata de asimilar este Swabhavat, identificándose con el Todo a fin de alcanzar el Nirvana, debe, para llegar allí, seguir el mismo Sendero doloroso de renunciación, de las buenas obras, del altruismo y tiene que vivir una vida santa, aunque menos egoísta en su intención, que el cristiano beatificado. ¿Qué importancia tiene la forma transitoria, si la meta a alcanzar es la misma Esencia Eterna, a pesar de que se presente a la percepción humana bajo el disfraz de una Sustancia, de un Soplo inmaterial o de la nada? Admitamos la Presencia, a pesar de que se le llame Dios Personal o Sustancia Universal; y admitamos una causa, pues todos vemos efectos. Pero, puesto que estos efectos son los mismos para el buddhista "ateo" y el cristiano deísta y siendo la causa inescrutable para ambos: ¿por qué gastar nuestro tiempo siguiendo una sombra ilusoria? En último análisis: los más grandes materialistas y los filósofos más trascendentales, admiten la presencia de un Proteo impalpable, omnipotente en su ubicuidad, a través de todos los reinos de la naturaleza, incluyendo al ser humano; un Proteo indivisible en su esencia, sin forma y, sin embargo, manifestándose en todas las formas; está aquí, allá, por dondequiera y en ningún lugar, es el Todo y la Nada, es todas las cosas y permanece siempre Uno, Esencia Universal que vincula, limita y contiene todo y todo la contiene. ¿Cuál teólogo puede ir más allá de esto? Es suficiente reconocer dichas verdades para ser un Teósofo; ya que tal confesión implica admitir que no sólo la humanidad, aunque conste de millares de razas, sino todo lo que vive y vegeta, todo lo que, en una palabra, es, está constituido por la misma esencia y sustancia, está animado por el mismo espíritu y, por lo tanto, hay solidaridad en la naturaleza, tanto en el plano físico como en el moral. Como ya dijimos en la revista Theosophist: "La Sociedad Teosófica, nacida en los Estados Unidos de América, se ha constituido siguiendo el modelo de la madre patria. Como todos sabemos, los Estados Unidos de América ha omitido el nombre de Dios en su Constitución por temor, decían los Padres de la República, de que esta palabra un día se convirtiera en el pretexto para una religión de estado. Porque ellos querían otorgar, en las leyes, una igualdad absoluta a todas las religiones, de manera que todas sostuvieran el estado y que todas fuesen, a su vez, protegidas." La Sociedad Teosófica se ha establecido siguiendo este hermoso modelo. Actualmente sus 173 ramas se han reunido en numerosas Secciones. En la India, dichas secciones son autónomas y cubren sus gastos; fuera de la India hay dos grandes secciones: una en América y la otra en Inglaterra (la Sección Americana y la Sección Británica). Entonces: cada rama y cada miembro tienen el derecho de profesar la religión y estudiar las ciencias o las filosofías que prefieran, siempre que todo permanezca unido mediante el vínculo de la Solidaridad y de la Fraternidad; nuestra Sociedad puede verdaderamente ser llamada la "República de la conciencia." Cada miembro de nuestra Sociedad, estando libre de seguir los intereses intelectuales que mejor le plazcan, debe someter alguna razón para pertenecer a ella; esto implica que cada miembro debe contribuir con su parte, por pequeña que ésta sea, trabajando mentalmente o de otra forma, para el bien de todos. Si no trabaja para el bien ajeno, no tiene motivo alguno de ser teósofo. Todos nosotros debemos trabajar para la liberación del pensamiento humano, la eliminación de las supersticiones egoístas y fanáticas y en favor del descubrimiento de todas las verdades que están al alcance del espíritu humano. Este fin es alcanzable, de forma más segura, por medio de la cultura de la solidaridad en el trabajo mental. Ningún trabajador honrado, ningún buscador serio ha vuelto con las manos vacías. Y no hay hombre ni mujer, por atareados que parezcan estar, que no puedan depositar su pequeño grano de arena sobre el altar moral o pecuniario de la Verdad. Por lo tanto, será el deber de los Presidentes de las ramas y de las secciones hacerse cargo de que no haya ningún zángano que no haga nada, excepto zumbar en el panal teosófico. Una palabra más: ¿cuántas veces, los dos fundadores de la Sociedad Teosófica han sido acusados de ambición y autocracia? ¿Cuántas veces han sido reprendidos por tener un falso deseo de imponer su voluntad a los miembros? Nada podría ser más injusto. Los fundadores de la Sociedad han sido siempre los primeros y más humildes servidores de sus colaboradores y colegas; siempre dispuestos a ayudar a los demás, cuyas luces a su disposición eran débiles, sustentándoles en la lucha contra los egoístas, los indiferentes y los sectarios; ya que ésta es la primera batalla a la cual debe prepararse quienquiera que entre en nuestra Sociedad muy poco entendida por el público. Además: los reportes publicados después de cada Convención anual, existen para probar lo dicho. Durante nuestra última Convención, que tuvo lugar en Madras, en Diciembre de 1888, se han propuesto y adoptado reformas importantes. Todo lo que parecía ser una obligación financiera ha cesado de existir, aboliendo hasta los 25 centavos para cubrir el costo del diploma. Desde ahora en adelante, los miembros son libres de donar lo que quieran, si desean ayudar y sustentar a la Sociedad Teosófica o no donar nada. En estas condiciones y en este momento de la historia teosófica, es fácil comprender la meta de una revista dedicada, exclusivamente, a la propagación de nuestras ideas. Nos gustaría poder abrir nuevos horizontes intelectuales y trazar caminos inexplorados que llevan al mejoramiento del género humano. Queremos, también, ofrecer una palabra de consuelo a todos los desheredados de la tierra que sufren a causa de un vacío en el alma o de la ausencia de bienes materiales. Invitamos a todos los de corazón noble, quienes quieran contestar a este llamado, que se unan a nosotros en esta obra humanitaria. Todo colaborador, que sea miembro de nuestra Sociedad o solamente que esté en simpatía con ella, puede ayudarnos a convertir esta revista en el único órgano de la verdadera Teosofía en Francia. Ahora estamos encarando todas las posibilidades gloriosas del futuro. He aquí, una vez más, la hora del gran retorno periódico de la marea que sube del pensamiento místico en Europa. El océano de la ciencia universal, la ciencia de la vida eterna, nos circunda por todos lados y cuyas olas nos llevan los tesoros sepultados y olvidados de las generaciones desaparecidas. Tesoros aun desconocidos para las razas modernas civilizadas. La corriente vigorosa que está surgiendo de los abismos submarinos, de las profundidades donde yacen el conocimiento y las artes prehistóricas, deglutidas con los Gigantes antediluvianos, semidioses aunque mortales apenas formados. Esta corriente sopla en nuestra cara, murmurándonos: "Eso que fue, aún es, eso que se olvidó, enterrado por eones en las profundidades de las capas jurásicas, puede volver a la superficie una vez más. Preparaos." Dichosos quienes entienden el lenguaje de los elementos. Sin embargo ¿a dónde van aquellos para los cuales la palabra elemento significa sólo eso que le atribuye la ciencia física y la alquimia materialistas? ¿Las olas de la gran marea los llevará a las orillas familiares, después de haber sido arrastrados por la inundación? ¿Serán llevados hacia la cumbre de un nuevo Ararat, hacia las alturas donde hay luz y sol y un lugar seguro donde poner los pies o hacia un abismo sin fondo que los engullirá tan pronto como traten de luchar contra las olas irresistibles de un nuevo elemento? Preparémonos y estudiemos la verdad en todos sus aspectos, sin ignorar ninguno de ellos, si no queremos caer en el abismo de lo desconocido cuando suene la hora. Es inútil confiar en la suerte, esperando el momento de crisis intelectual y psíquica que está preparándose con indiferencia o con plena incredulidad diciéndonos que, en el peor de los casos, la marea nos empujará, naturalmente, hacia la orilla; ya que hay muchas probabilidades de que esta marea no deje un sólo cadáver. La lucha será terrible, en todo caso, entre el materialismo brutal y el fanatismo ciego de un lado y la filosofía y el misticismo por el otro, este velo más o menos espeso de la verdad eterna. El materialismo no ganará. Todo fanático que se aisla del axioma universal: "no hay religión más elevada que la Verdad," se verá separado como una tabla podrida de la nueva Arca, llamada: Humanidad. El fanático, arrojado por las olas, perseguido por los vientos y percutido por este elemento tan terrible porque es desconocido, muy pronto será deglutido. Si, así debe ser y de ninguna otra forma, tan pronto como la llama artificial y acalórica del materialismo moderno sea extinguida por falta de combustible. Aquellos que no pueden concebir un Ego espiritual, un alma viva y un Espíritu eterno en su vestidura material (cuya vida ilusoria depende sólo de estos principios); aquellos para los cuales la gran ola de esperanza en una vida después de la muerte es un sorbo amargo, el símbolo de una cantidad desconocida o mejor dicho: el sujeto de una creencia muy singular, fruto de alucinaciones mediumnísticas o teológicas, más les valdría prepararse para la más profunda decepción que el porvenir pueda reservarles. De las profundidades de las aguas turbias y negras de la materia, que esconden completamente a esta gente los horizontes del más allá, está surgiendo, en las postrimerías de este siglo, una fuerza mística. Hasta ahora ha sido un simple toque, sin embargo más allá de lo humano; y sólo los supersticiosos y los ignorantes lo considerarán "sobrenatural." En este momento el espíritu de la verdad está moviéndose sobre las aguas negras y, al separarlas, las obliga a dejar en la superficie sus tesoros espirituales. Este espíritu es una fuerza que no puede ser obstaculizada ni detenida. Aquellos que la reconocen y sienten que éste es el momento supremo de su salvación, dicha fuerza los llevará más allá de las ilusiones de la gran serpiente astral. La beatitud que sentirán será tan aguda y viva que si no fuese que en espíritu están desapegados del cuerpo, podría herirlos como una navaja afilada. No es el placer eso que sentirán; sino una beatitud que es un preludio del sabor de la sabiduría de los dioses, del conocimiento del bien y del mal y de los frutos del Arbol de la Vida. A pesar de que el ser humano actual sea un fanático, un escéptico o un místico, debe darse cuenta de que es fútil luchar contra estas dos fuerzas morales ahora desencadenadas y ocupadas en una lucha hasta el final. El está a merced de estos adversarios y no hay poder intermediario capaz de protegerlo. Es simplemente una cuestión de elección: dejar que la corriente del misticismo que está desdoblándose, nos transporte naturalmente y sin oposición o luchar contra la reacción de la evolución moral y psíquica, ahogándose en el vórtice de la nueva marea. En este momento, todo el mundo, con sus grandes centros intelectuales, culturales, políticos, literarios, artísticos y comerciales, se halla en fermentación, todo tambalea, se derrumba y tiende a reformarse. Es inútil no querer verlo y esperar que uno permanezca neutral entre estas dos fuerzas en plena lucha. Uno puede dejarse aplastar o escoger entre ellas. El ser humano que piensa que ha escogido la libertad y que, sin embargo, queda sumergido en esta caldera en ebullición y espumosa de sordidez, llamada la vida social, pronuncia la mentira más terrible hacia su Ser Divino; una mentira que obcecará a este Ser a lo largo de sus largas series de encarnaciones futuras. Todos vosotros, quienes vaciláis en el camino de la Teosofía y de las ciencias ocultas y tembláis en el umbral áureo de la Verdad, la única Verdad que aun os está disponible; ya que las demás han fracasado, una tras otra, mirad la Gran Realidad que ahora se os ofrece directamente. Estas palabras son sólo para las personas con tendencias místicas y sólo para ellas tendrán alguna relevancia; para quienes ya han tomado su determinación, resultarán vanas e inútiles. Sin embargo, vosotros: Ocultistas, Cabalistas y Teósofos, sabéis bien que una palabra vieja como el mundo, aunque nueva para vosotros, ha sido pronunciada en el principio de este ciclo y yace en potencia, aunque no esté articulada para los demás, en la suma de las cifras del año 1889. Sabéis que acaba de sonar una nota, hasta la fecha jamás oída por la humanidad de esta era y que una nueva clase de pensamiento ha surgido, alimentada por las fuerzas evolutivas. Tal pensamiento difiere de todo lo que se ha producido en el siglo XIX, sin embargo es idéntico a lo que era la nota clave y la piedra de toque de todo siglo, especialmente el último: "La Libertad Absoluta del Pensamiento Humano." ¿Por qué tratar de estrangular, suprimir, eso que es indestructible? ¿Por qué combatir, cuando uno no tiene ninguna otra opción que dejarse elevar al cielo en la cresta de la onda espiritual, más allá de las estrellas y de los universos o ser deglutido en el profundo abismo del océano de la materia? Vanos son vuestros esfuerzos de bucear lo insondable en busca de las raíces de esa materia tan glorificada en nuestro siglo; ya que tales raíces crecen en el Espíritu y en el Absoluto y no existen, a pesar de que sean eternas. Este contacto continuo con la carne, la sangre y los huesos, la ilusión de la materia diferenciada, sólo os ciega y mientras más avanzáis en el campo de los átomos químicos e impalpables más os convenceréis que existen únicamente en vuestra imaginación. ¿Pensáis, de verdad, que encontrarèis en ellos todas las verdades y las realidades del ser? La muerte está en la puerta de todos nosotros, lista a cerrarla para el alma amada que escapa de su prisión; esta alma que es la única que dio realidad al cuerpo. Por lo tanto: ¿deberíamos asemejar el amor eterno a las moléculas de esa materia que cambia y desaparece? Quizá seáis indiferentes a todo esto; entonces: ¿qué os importa el amor y las almas de vuestros seres queridos; ya que no creéis en ellas? Ya habéis tomado vuestra determinación. Habéis entrado al sendero que sólo cruza los desiertos áridos de la materia. Os habéis condenado a vegetar allí a través de una larga serie de vidas, contentos con vuestras alucinaciones febriles, en lugar de las percepciones espirituales; con las pasiones, en lugar del amor; con la cáscara en lugar del fruto. Sin embargo: vosotros, amigos y lectores, que aspiráis a algo más que la simple vida de la ardilla en su rueda que gira incesantemente; vosotros que no os sentís satisfechos con la caldera en constante ebullición sin producir nada; vosotros que no confundís ecos vacíos antiguos como el mundo, con la voz divina de la Verdad, preparaos para un futuro que pocos de vosotros han soñado, a menos que ya hayáis puesto vuestros pies en el Camino. Vosotros habéis escogido un sendero que, al principio, está salpicado de espinas, pero pronto se abrirá y os llevará a la Verdad Divina. Estáis libres de dudar en el principio; libres de no aceptar, tomando la palabra de alguien, lo que se enseña acerca de la fuente y la causa de esta Verdad; sin embargo podéis siempre oír lo que la voz dice, podéis siempre observar los efectos producidos por la fuerza creativa que emerge de las profundidades de lo desconocido. El suelo árido sobre el cual nuestras generaciones actuales se mueven, al finalizar esta edad de hambre espiritual y saciedad material, necesita una señal divina, un arco iris, símbolo de esperanza, sobre el horizonte. De entre todos los siglos, el XIX es el más criminal. Es criminal en su terrible egoísmo y en su escepticismo que se burla de la mera idea de algo que va más allá de la materia; en su indiferencia idiota hacia todo lo que no es el "yo" personal, nuestro siglo es todo esto y, mucho más que cualquier otro, tiene una ignorancia barbárica y un oscurantismo intelectual. Nuestro siglo debe ser salvado de sí mismo, antes de que suene su última hora. Ahora es el momento de actuar para quienes ven la esterilidad y la locura de una existencia obnubilada por el materialismo y tan ferozmente indiferente al destino de los demás. Les corresponde a ellos entregar sus mejores energías, su valor y sus esfuerzos para efectuar una reforma intelectual. Tal reforma no es factible si no mediante la Teosofía y, digámoslo, el Ocultismo o la Sabiduría oriental. Muchos son los senderos que llevan allí; pero la Sabiduría es para siempre una. Los artistas la anticipan, los que sufren la sueñan y los puros en espíritu la conocen. Los que trabajan para los demás no pueden quedarse ciegos ante su realidad, aunque no siempre conozcan su nombre. Sólo los superficiales y las mentes vacías, los egoístas y los zánganos torpes, aturdidos por el sonido de su zumbido, pueden ignorar este ideal elevado. Vivirán hasta que la existencia misma se convierta en una carga insoportable. Que se sepa que estas páginas no se escribieron para las masas; ni son un llamado a la reforma y ni siquiera un esfuerzo por atraer a nuestras ideas a quienes están encantados de la vida. Se dirigen sólo a aquellos que están preparados a entenderlas, a aquellos que sufren, a aquellos que están sedientos y hambrientos por alguna realidad en este mundo de sombras mutables. ¿Por qué estas personas no deberían ser lo suficiente intrépidas para abandonar su manera frívola de vivir, sobre todo sus placeres y hasta algunos de sus intereses mercantiles, a menos que el cuidado de ellos sea un deber hacia sus familias o los demás? Nadie está tan ocupado o es tan pobre que no pueda ser inspirado por un ideal noble a seguir. ¿Por qué vacilar en abrirse un camino hacia dicho ideal, a través de todos los obstáculos, las dificultades, las consideraciones del diario vivir, avanzando con osadía hasta alcanzarlo? ¡Ah! Quienes hagan este esfuerzo, muy pronto constatarán que el "portal angosto" y el "sendero espinado" conducen a valles hermosos con horizontes ilimitados, a un estado sin muerte; ¡ya que uno vuelve a ser un Dios! Es cierto que los primeros requisitos para llegar allí son un altruismo absoluto, una devoción ilimitada a los intereses ajenos y una indiferencia completa por el mundo y sus opiniones. Para dar el primer paso a lo largo de este camino ideal, es necesaria una intención perfectamente pura; ningún pensamiento frívolo puede distraer nuestra vista de la meta; ninguna vacilación ni duda puede paralizar nuestros pies. Sin embargo, hay hombres y mujeres perfectamente capaces de todo esto y cuyo único deseo es el de vivir bajo la égida de su Naturaleza Divina. ¡Qué al menos ellos tengan el valor de vivir esta vida sin esconderla a la vista ajena! La opinión de nadie puede reinar sobre los dictados de nuestra conciencia, entonces, que ésta conciencia, una vez llegada a su desarrollo más elevado, sea nuestra guía en nuestras acciones diarias comunes. En lo que atañe a nuestra vida interna, concentremos toda nuestra atención en nuestro Ideal propuesto, mirando siempre más allá, sin bajar la vista al fango en nuestros pies [...] Los que pueden llevar a cabo tal esfuerzo son verdaderos Teósofos; todos los demás son simples miembros más o menos indiferentes y, muy a menudo, inútiles. H. P. Blavatsky La Revue Theosophique, 21 de Marzo de 1889 Notas1 Este artículo H.P.B. lo escribió en francés, publicándolo en la revista francesa: "La Revue Theosophique." La traducción al castellano se hizo del original en francés. 2 Desfiladero de Tesalia, donde Leónidas, con trescientos espartanos, procuró detener el ejército de Jerjes. (N.d.T.) |
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