"Que Cada Hombre Pruebe Su Trabajo"

[Artículo por H. P. Blavatsky]


Este es el título de una carta que los editores de Lucifer recibieron. Su carácter es tan serio, que parece oportuno convertirla en el tema del artículo de fondo del mes. Seguramente, la presente, merece una respuesta muy atenta en vista de las verdades expresadas tan sucintamente, su importancia y la influencia que ejerce sobre el tópico muy oscuro de la Teosofía y su agente o vehículo: la Sociedad Teosófica.

¡Fiat justicia, ruat cœlum!

Rendiremos justicia a ambos concurrentes en la disputa; por un lado: los Teósofos y los miembros de la Sociedad Teosófica5 y por el otro: los seguidores de la Palabra Divina (o Christos) y los llamados Cristianos.

He aquí la carta:

Para los Editores de "Lucifer"

Que grandiosa oportunidad se presenta en este país, a los exponentes de una religión noble y adelantada (si así es esta Teosofía6 ), a fin de probar su vigor, justicia y veracidad al mundo occidental, irradiando un rayo de su luz declarada capaz de iluminar y penetrar los actuales problemas terriblemente inquietantes y laberínticos.

Quizá no quepa duda que uno de los deberes más puros y menos egoístas del ser humano, consiste en aliviar los sufrimientos de sus semejantes.

Según lo que leo y lo que experimento en primera persona a diario, pienso que difícilmente se pueda contemplar una privación más intensa y un dolor más agonizante que el que, actualmente, sobrelleva un amplio segmento de nuestros hermanos y hermanas, fruto, en gran escala, de la completa escasez de medios a fin de asegurarse las cosas básicas para el sustento.

Es cierto que una religión elevada y celestial, la cual profesa recibir su conocimiento adelantado y su Luz de "aquellos más versados en la Ciencia de la Vida," debería ser capaz de decirnos algo sobre ¡cómo enfrentar esta vida en su condición primitiva de sumisión inerme a las circunstancias alrededor, fruto de la civilización!

Si uno de nuestros deberes principales consiste en ejercer el amor altruista hacia la Fraternidad, seguramente, "aquellos más versados," ya sea encarnados o no, si sus feligreses los invocan, pueden y deben ayudarles para descubrir la manera y los medios para alcanzar este fin, organizando algún gran esquema fraterno con el objeto de considerar, justamente, las cuestiones que son tan aterradoras, en su complejidad, que deben apremiar con vigor irresistible a todos aquellos que se esfuerzan, con ahinco, hacia la realización de la voluntad de Cristo en la tierra Cristiana.

L.F.Ff

25 de Octubre de 1887

Esta carta franca y sincera contiene dos declaraciones: una acusación implícita contra la "Teosofía" (o sea la Sociedad homóloga) y una admisión virtual según la cual el cristianismo, o más bien sus religiones ritualistas y dogmáticas, merecen el mismo reproche; pero más austero. Desde luego, si a la "Teosofía" representada por sus divulgadores, le corresponde, con arreglo a la apariencia externa, la reprimenda que hasta la fecha ha malogrado la transferencia de la sabiduría divina de la región metafísica a aquella del trabajo práctico, el "Cristianismo," es decir: simplemente los cristianos profesantes, los eclesiásticos y los legos, evidentemente están bajo de la misma acusación. Ciertamente, la "Teosofía" no ha logrado descubrir maneras y medios infalibles a fin de inducir todos sus miembros a ejercer el "amor altruista" en su Fraternidad, aún no ha sido capaz de aliviar el sufrimiento en la humanidad en general, sin embargo, tampoco el Cristianismo tuvo éxito en la empresa. Además: nadie, ni siquiera nuestro corresponsal, puede presentar una cantidad suficiente de excusas para justificar tal malogramiento de los cristianos. Por lo tanto, admitir que "aquellos que se esfuerzan con ahinco para realizar la voluntad de Cristo en una tierra Cristiana," necesitan el auxilio de aquellos más eruditos," ya sean (adeptos paganos) "encarnados o (espíritus?) desencarnados," es muy significativa; ya que encierra la defensa y la razón de ser de la Sociedad Teosófica. Tal admisión, por tácita que sea, procediendo de la pluma de un cristiano sincero que anhela aprender algunas maneras prácticas a fin de aliviar los sufrimientos humanos de las multitudes hambrientas, se convierte en la justificación más grande y completa que sella la existencia de la Fraternidad Teosófica. Es una confesión plena de la necesidad absoluta por tal conjunto independiente y desvinculado de cualquier dogma coercitivo y, al mismo tiempo, indica la señal evidente de que el Cristianismo ha malogrado los resultados deseados.

Coleridge expresó una verdad al decir que: "las buenas obras pueden existir sin principios redentores (?), por lo tanto no pueden contener en sí los principios de la salvación, sin embargo, los principios redentores jamás existieron, ni pueden existir, sin las buenas obras." Los teósofos reconocen la definición y discrepan con los cristianos sólo en lo que concierne a la naturaleza de estos "principios redentores." Según la Iglesia (o las iglesias): el único principio redentor es la creencia en Jesús, o el Cristo carnalizado del dogma que mata el alma. La teosofía, siendo no dogmática y antisectaria, no comparte esta posición. El único principio redentor se alberga en la persona misma y nunca residió fuera de su ser inmortal divino: es el verdadero Cristo, como es el auténtico Buddha, la luz divina interna que procede del Todo eterno, inmanifestado e ignoto. Esta luz puede revelarse sólo por sus obras; mientras la fe en ella debe siempre permanecer ciega para todos, exceptuando el individuo que la siente en su alma.

Así, la tácita admisión de nuestro corresponsal considera otro punto sumamente importante. Parece que él haya sentido lo que muchos han sentido y expresado entre aquellos que se esfuerzan para auxiliar a los que sufren. Los credos eclesiásticos no logran difundir la luz intelectual y la verdadera sabiduría necesarias para convertir en realidad la filantropía práctica actualizada por los sinceros y dedicados seguidores de Jesús. La gente "práctica," o continúa "haciendo el bien" desatinadamente, terminando por dañar o, aterrada por el terrible problema que se le presenta y no encontrando en sus "iglesias" ninguna sugerencia o esperanza de una solución, ceja el campo de batalla dejando que la corriente, en la cual acertaron a nacer, la arrastre ciegamente a la deriva.

Recientemente, los amigos y los enemigos de la Sociedad Teosófica, parecen haber adquirido la costumbre de reprenderla por no hacer ninguna obra práctica, excepto el perderse en las nubes de la metafísica. Aquellos a quienes les gusta reiterar argumentaciones estériles, nos dicen que los metafísicos han estado aprendiendo su lección durante los últimos miles de años, por lo tanto ha sonado la hora para que empiecen a efectuar algún trabajo práctico. Estamos de acuerdo. Sin embargo, considerando que las Iglesias Cristianas existen, más o menos, desde hace diecinueve siglos, mientras la Sociedad Teosófica y la Fraternidad es un grupo que difícilmente alcanza los doce años y teniendo presente que las Iglesias Cristianas gozan de pingües riquezas y que sus feligreses son centenares de millones, mientras la Fraternidad Teosófica cuenta con algunos millares dedicados y carece de fondos y que el 98 por ciento de sus miembros son tan pobres y poco influyentes, como la aristocracia de la Iglesia Cristiana es acaudalada y poderosa, hubiera mucho que decir si los teósofos, teniendo presente estos datos, eligieran introducirlos a la atención pública. Entre tanto, considerando que los críticos más acérrimos de los "líderes" de la Sociedad Teosófica no pueden circunscribirse sólo a las personas externas; sino que existen miembros siempre dispuestos a encontrar pretextos para estar descontentos, preguntamos: ¿Es posible realizar obras caritativas, de renombre, sin dinero? Seguramente no. Aún, no obstante todo ésto, ninguno de sus miembros (europeos) efectúa un trabajo práctico, exceptuando algunos oficiales devotos que se encargan de las sociedades. Sin embargo, algunos de ellos, especialmente aquellos que jamás movieron un dedo para aliviar el sufrimiento y ayudar a sus hermanos más pobres fuera de la Sociedad Teosófica, son los más gárrulos y los más cáusticos en delatar la falta de espiritualidad y la ineptitud de los "líderes de la teosofía." Al mantener tal actitud, se trasladan a las filas externas de los críticos, análogamente a aquellos espectadores que, durante una obra teatral, se burlan de un actor que representa tolerablemente a Hamlet, mientras que ellos, nunca tendrían la osadía de subir a la escena y entregar una carta en una bandeja. Mientras en la India, teósofos comparativamente pobres, han abierto dispensarios gratuitos para los enfermos, hospitales, escuelas y todo lo que podían imaginar, sin pedirles nada a cambio a los desheredados, tampoco el abandono de la religión de sus antepasados, como precio muy considerable en vista de los favores recibidos, cosa que en realidad hacen los misioneros. Por lo tanto, como regla, los teósofos ingleses ¿han hecho algo en favor de estas multitudes doloridas, cuyos gritos tristes reverberan en el Cielo a título de protesta contra las condiciones vigentes en las tierras cristianas?

Aprovechamos esta oportunidad para contestar tanto a los demás como a nuestro corresponsal, diciendo que, hasta la fecha, las energías de la Sociedad Teosófica han confluido principalmente en la organización, la extensión y la solidificación de la misma, exigiendo una cantidad tan elevada de tiempo, energías y recursos, que la ha dejado menos poderosa en el ámbito de la caridad práctica de lo que hubiéramos querido. Aún estando así las cosas, el trabajo de caridad práctica de la Sociedad Teosófica, si bien más sigiloso, una vez sopesado con la influencia y los fondos de esta última, seguramente se elevará a la altura de aquella de los cristianos profesantes, quienes pueden acudir a pingües recursos económicos, trabajadores y oportunidades de todo género. No debemos olvidar que la caridad práctica no es uno de los objetivos declarados de la Sociedad Teosófica. Está implícito y no se necesita "declarar," el hecho de que, cada miembro de la Sociedad debe ser prácticamente filantrópico si quiere ser un teósofo. En realidad, nuestra obra declarada es más importante y eficaz que el trabajo en el plano de la vida diaria cuyos frutos son más evidentes e inmediatos, sin embargo, un efecto directo procedente de una apreciación por la teosofía, consiste en hacer caritativos a aquellos que antes no lo eran. La teosofía crea esa caridad que después se manifiesta en las obras espontáneamente.

Según la correcta definición de nuestro corresponsal, aunque en este caso particular es, más bien, irónica, la teosofía es definida como "Religión nativa de las Altas regiones Celestiales." Se arguye que: si profesa recibir su conocimiento adelantado y luz de "aquellos más versados en la Ciencia de la Vida," una vez invocados por sus devotos, (los teósofos), deben ayudarles a discernir las maneras y los medios para organizar algún gran esquema fraterno, etc.

El esquema ha sido planeado y aquellos que son "más versados en la Ciencia de la vida (altruista, práctica diaria)," han impartido las reglas y las leyes para guiar tal Fraternidad práctica. En realidad, son "más versados" en este campo que cualquier otro desde los días de Gautama Buddha y de los Esenios Gnósticos. El "esquema" remonta al año en que se fundó la Sociedad Teosófica. Que cada individuo lea sus leyes nobles y sabias contenidas, hasta la fecha, en los Estatutos de la Fraternidad y juzgue, independientemente, si el "esquema," una vez realizado rigurosamente y aplicado al diario vivir, no se hubiera revelado como el más benéfico para la humanidad en general y en particular para nuestros hermanos más pobres: "las multitudes hambrientas." La teosofía enseña el espíritu de "no separatividad," el aspecto fatuo e ilusorio de los credos y los dogmas humanos, por lo tanto, instila el amor universal y la caridad hacia la humanidad entera sin distinción de raza, color, casta o credo." Entonces, ¿no es quizá la más adecuada para aliviar los sufrimientos humanos? Ningún verdadero teósofo negaría la admisión en un hospital o en alguna asociación caritativa a nadie bajo el pretexto de que no es un teósofo, como lo haría un católico romano con un protestante y viceversa. Ningún teósofo fiel a las reglas originales malograría poner en práctica la parábola del "Buen Samaritano" o suministrar ayuda sólo para atraer el incauto, esperando que se enajene de su dios y de los dioses de sus antepasados. Nadie calumniaría a su hermano, nadie dejaría a una persona necesitada sin auxilio, nadie ofrecería bellas palabras en lugar de amor práctico y caridad.

No es culpa de la teosofía ni de las enseñanzas de Cristo si la mayoría de los miembros de la Sociedad Teosófica, que a menudo cambian sus ideas filosóficas y religiosas al entrar en nuestro grupo, aún ha permanecido prácticamente inalterado con respecto a los días en que profesaba un cristianismo superficial. Nuestras leyes y reglas son las mismas que nos dieron al principio, son los miembros generales de la Sociedad quienes han permitido que se tornaran virtualmente en obsoletas. Muy a menudo, aquellos pocos, siempre dispuestos a sacrificar su tiempo y labor en beneficio de los pobres y que realizan una buena obra donde puedan, sin que se les reconozca y agradezca, se encuentran en una condición muy desamparada para poder realizar sus grandes esquemas caritativos en una forma objetiva práctica, no obstante toda su voluntad de hacerlo.

Recientemente, uno de los cirujanos londinenses más eminentes dijo, a una de las editoras: "La falta que discierno en la Sociedad Teosófica es que no encuentro a nadie, entre sus miembros, que lleve realmente a cabo la vida de Cristo." Esta parecía una acusación muy seria, considerando que procedía de un hombre quien no sólo está a la vanguardia de su profesión; sino que sus pacientes y la Sociedad lo respetan por su gentil naturaleza y es notorio por haber efectuado muchas obras buenas. La única respuesta posible fue que la vida crística es, inegablemente, el ideal de cada ser digno, de alguna manera, del calificativo de Teósofo y si nadie la pone en práctica es porque no hay ser suficientemente fuerte por convertirla en realidad. Algunos días después, una artista encomiada sometió la misma queja de forma más gráfica.

Vosotros los Teósofos, no hacéis suficiente bien para mí," dijo concisamente. Aún en este caso, ella tenía el derecho de hablar, pues lleva a cabo dos vidas: una de mariposa social y la otra una seria existencia que no suscita mucho bullicio; sin embargo, está embebida de propósito. Aquellos que consideran la vida como una gran vocación, véase a los dos críticos del movimiento Teosófico que acabamos de mencionar, tienen derecho a exigir de éste más que simples palabras. Ellos mismos se esfuerzan, silenciosamente, en llevar una "vida crística" y no pueden comprender a un grupo de personas que se reune en el conato hacia esta vida, sin lograr resultados prácticos aparentes. Otro crítico de la misma índole quien tiene el mejor derecho posible para censurar, siendo un eminente filántropo práctico y caritativo haste el meollo, ha dicho que todas las charlas y la literatura de los teósofos parecen resolverse en un simple lujo intelectual e improductivo de algún bien directo para el mundo.

Existe un punto de divergencia muy serio entre los teósofos y los filántropos prácticos religiosos o laicos. Ahora bien, (con el término teósofos no indicamos a los miembros de la Sociedad homóloga; sino a la gente que acude realmente a ésta como un método para aprender más acerca de la verdadera religión-sabiduría, la cual existe como un hecho eterno y vital tras de todos estos esfuerzos.) Por lo tanto, la respuesta que ninguno de ellos es suficientemente fuerte para llevar una "vida crística" es simplemente una verdad parcial. Sucintamente hablando, podemos decir que: el filántropo religioso mantiene una posición individual que no puede, en lo más mínimo, interesar o afectar al teósofo; ya que no hace el bien por el bien mismo; sino como vehículo hacia su propia salvación. Este es el resultado del aspecto egoísta y personal de la naturaleza humana que ha tan matizado e influenciado a una gran religión, cuyos feligreses son casi comparables a los idólatras que piden a su deidad de arcilla ayuda en el negocio y en la solvencia de las deudas. El filántropo religioso que espera ganarse la salvación haciendo buenas obras, ha simplemente intercambiado, usando un antiguo chiste, sin embargo siempre válido, el mundo con el otro-mundo.

El filántropo laico es, esencialmente, un socialista y nada más, espera hacer a los seres humanos felices y buenos, mejorando su posición física. Ningún estudiante serio de la naturaleza humana puede creer en esta teoría, ni por un instante. Sin reparo, es seguramente muy amena; ya que al aceptarla se nos presenta un trabajo inmediato y evidente que emprender. "Los pobres están siempre contigo." La causa que produjo la naturaleza humana misma, produjo, simultáneamente; la pobreza, la miseria, el dolor, la degradación, la riqueza, la comodidad, la felicidad y la gloria. Los filántropos vitalicios quienes empezaron su trabajo con una convicción alegremente juvenil, según la cual es posible "hacer el bien" y jamás amortiguaron su hábito de caridad, confesaron a la escritora que, en realidad, la miseria no puede aliviarse. Es un elemento vital en la naturaleza humana y es tan necesario para algunas vidas como el placer lo es para otras.

Es extraño observar cómo, después de una experiencia amplia y amarga, eventualmente, los filántropos prácticos llegan a la conclusión que para el ocultista es, desde el principio, una hipótesis según la cual: la miseria no sólo es soportable; sino que amena para los muchos que la sobrellevan. Hace algunos días una noble dama, la cual ha entregado su vida a fin de rescatar a las chicas más desheredadas de las clases ínfimas, cuya inclinación hacia el vicio dependía, aparentemente, de la pobreza, dijo que, en muchos casos, no es posible elevarlas a ninguna condición aparentemente más feliz. Esta señora, (pudiendo hablar con conocimiento de causa; ya que literalmente pasó su vida entre ellas, estudiándolas con esmero), afirmó categóricamente que ésto no se debe a un particular amor por el vicio; sino al amor por aquel estado que los acaudalados llaman miseria. Prefieren la vida salvaje sin atuendo, zapatos, comida y a la intemperie, más que cualquier comodidad que les pueda proporcionar. Con el término comodidad no implicamos el correccional ni el reformatorio; sino las amenidades de una casa tranquila. Además, podemos enumerar casos efectivos para demostrar que ésta es la situación, no sólo entre la progenie de los desheredados, que se podría suponer que sean salvajes congénitos; sino también entre los niños de personas cultivadas, agradables y cristianas.

Nuestras metrópolis ocultan, en sus barrios bajos, una constelación de seres cuyas historias resultarían ser un enigma inexplicable, una imagen moral netamente desconcertante si se pudiesen recopilar en términos claros haciéndolas intelegibles. Sin embargo, sólo aquellos que entregan su vida al trabajo entre los desheredados, conocen estas historias, las cuales se convierten, para ellos, en una interrogante triste y terrible cuya solución no se columbra y por lo tanto es mejor no discutir al respecto. Aquellos que ignoran completamente la ciencia de la vida, se ven obligados a soslayar tales dificultades, de otra manera caerían aplastados por pensar en ellas. Un alma generosa, la cual no ha alcanzado la gran idea de la evolución ni ha discernido el mirífico misterio del desarrollo humano, difícilmente encarará la llamada cuestión social, el gran abismo de la miseria, la apatía mortal de los poderosos y acaudalados.

El teósofo se sitúa en una posición diferente de la que ocupan algunas de estas personas, porque ha oído hablar del amplio objetivo de la vida que todos los místicos y los escritores ocultistas consideran, además, ha sido avecinado al gran misterio. En realidad, a pesar de que muchos se hayan afiliado a la Sociedad Teosófica como Miembros, a nadie se le puede llamar Teósofo hasta que empiece a saborear consciente y personalmente, este mismo misterio, que es, en efecto, una ley inexorable mediante la cual el ser humano se eleva, paulativamente, del estado bestial a la gloria de un Dios. La celeridad con que ésto se efectúa varía con cada alma viviente y los miserables, quienes acarician el instructor primitivo: la miseria, eligen encaminarse, lentamente, a lo largo de un círculo vicioso que puede proporcionarles un sinnúmero de vidas de sensación física, ya sea placenteras o dolorosas, muy amadas, por tangibles, para los sentidos más elementales. El teósofo deseoso de entrar en el ocultismo, por virtud de tal inquietud toma, en sus manos, algunos de los privilegios de la Naturaleza y pronto descubre que las experiencias se deslizan con doble rapidez. Entonces, su tarea consiste en reconocer que se encuentra bajo una ley de desarrollo nueva (para él) y más célebre en aprehender las lecciones que se le imparten.

Sin embargo, al reconocer ésto, hace otro descubrimiento. Se percata de que se necesita un ser muy sabio para realizar buenas obras sin el riesgo de efectuar un daño incalculable. Un adepto altamente desarrollado en lo que concierne a la vida, puede discernir la situación y, valiéndose de sus grandes poderes intuitivos, es capaz de saber a quien aliviar del dolor y a quien dejar en la miseria, la cual es su mejor instructor. Los mismos pobres y desheredados dirán, a cualquier ser que se haya ganado su confianza, cuáles errores desastrosos cometen los individuos procedentes de distintos estratos sociales, los cuales se esfuerzan en prodigar auxilio. A veces, si el dolor y la desesperación oprimen a un ser, la cortesía y un trato respetuoso pueden hacer aflorar sus peores tendencias, aunque haya conducido una vida suficientemente respetable. Que el Maestro de Misericordia nos perdone por proferir estas palabras acerca de cualquier criatura humana, pues todas son partes de nosotros según la ley de la fraternidad humana, la cual es indeleble aun cuando no queramos reconocerla. Sin embargo, estas palabras son verdaderas. Nadie de nosotros conoce la oscuridad que acecha en las reconditeces de nuestra naturaleza hasta que alguna experiencia extraña y no familiar, despierte todo el ser a la acción. Lo mismo acontece con las otras personas que parecen ser más miserables que nosotros.

El teósofo, tan pronto como empieza a entender cuán amigo e instructor el dolor puede ser, se queda atónito frente al problema misterioso de la vida humana y aunque añore hacer buenas obras, siente un recelo equivalente por actuar de manera errónea hasta que haya alcanzado un poder y un conocimiento más amplios. El ignorante, dedicándose a la realización de buenas acciones, puede causar daños vitales, como se ven obligados a reconocer todos aquellos que no están obnubilados por el amor hacia la benevolencia. En este sentido, contestar que la carencia de una vida crística entre los teósofos, probablemente depende del hecho de que no existe nadie suficientemente fuerte para llevarla a cabo, está perfectamente correcta y abarca la cuestión en su integridad. Pues, lo que carece no es el espíritu de autosacrificio, de devoción o el deseo de ayudar; sino que la fuerza de adquirir el conocimiento, el poder y la intuición, de manera que las hazañas emprendidas sean verdaderamente dignas de un espíritu "Buddha-Crístico." Esta es la razón por la cual los teósofos no pueden pretender ser un grupo de filántropos aunque secretamente incursionen en el sendero de las buenas obras. Ellos profesan ser, simplemente, un conjunto de aprendices comprometidos a la ayuda recíproca y ajena, en la medida de sus posibilidades, a una mejor comprensión del misterio de la vida y a un mejor conocimiento de la paz que se encuentra más allá.

Sin embargo, como es una ley inexorable que se debe labrar el terreno si queremos recoger la cosecha, así los teósofos se ven constreñidos a trabajar en el mundo incesantemente y, a menudo, al hacer ésto, cometen muchos errores serios como acontece con todos los trabajadores que no son Redentores encarnados. Posiblemente, sus esfuerzos no se califiquen como buenas obras y a ellos se les tache como una escuela de vacuos oradores; sin embargo, son el resultado y el fruto de este particular momento en el cual la gente acoge con interés las ideas que sustentan. Por lo tanto, su obra es buena como lo es el loto cuando se abre durante el sol del mediodía.

Nadie sabe mejor que ellos, de manera más cabal y terminante, que las buenas obras son necesarias, sin embargo, éstas no pueden realizarse correctamente sin el conocimiento. Los grandes adeptos de la vida pueden proporcionar una profusión de esquemas para la Fraternidad Universal y la redención humana, sin embargo, continuarán siendo simples expresiones literales mientras los individuos permanezcan ignorantes e incapaces de comprender el gran significado de sus maestros. A los teósofos diremos: actualicemos las reglas que se han impartido a nuestra Sociedad antes de pedir esquemas o leyes ulteriores. Al público en general y a nuestros críticos, diremos: tratad de entender el valor de las buenas obras antes de exigirlas de otros o antes de que vosotros os dediquéis a éstas, imprudentemente. Sin embargo, es un hecho absoluto que, sin buenas obras, el espíritu de Fraternidad perecería en el mundo y ésto jamás deberá acontecer. Así, es sumamente necesario la doble actividad de aprender y actuar, debemos hacer el bien y debemos hacerlo correctamente, con conocimiento.


Se sabe muy bien que la primera regla de la Sociedad Teosófica consiste en realizar el objetivo de formar el núcleo de una fraternidad universal. Aquellos que la elaboraron dilucidaron su aplicación práctica en la manera siguiente:

Aquél que no practica el altruismo; aquél que no está dispuesto a compartir su último bocado con uno más débil o pobre que él; aquél que descuida ayudar a su hermano o hermana de cualquier raza, nación o credo, cada vez y en cada lugar en el cual discierne el dolor y hace oído sordo a los gritos de la miseria humana; aquél que oye a un inocente ser objeto de vilipendio, ya sea un hermano teósofo o no y no lo defiende como se defendería a sí mismo—no es un teósofo.

Lucifer, Noviembre de 1887


Nota

5 No todos los miembros de la Sociedad Teosófica son Teósofos, ni todos los miembros de las llamadas Iglesias Cristianas son Cristianos. Los verdaderos Teósofos, como los verdaderos Cristianos, son muy muy pocos. Además, las filas de la Cristiandad encierran Teósofos prácticos, como existen Cristianos prácticos en la Sociedad Teosófica, fuera de todo ritualismo Cristiano. "No todos los que me invocan diciendo: 'Señor, Señor,' entrarán al Reino del Cielo; sino aquel que hace la voluntad de mi Padre." (Mateo vii., 21). "No crean en Mí, sino en las verdades que expongo." (Aforismos de Buddha).
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6 "Esta" Teosofía no es una religión, pero si debe serlo, es más bien la Religión. Actualmente, preferimos llamarla una filosofía capaz de entrañar cada religión, siendo la esencia y la base de todas. La tercera Regla de la Organización Teosófica dice: "La Sociedad no representa ningún credo religioso particular, es totalmente no sectaria e incluye feligreses de todas las fes."
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