En el prefacio de La Voz del Silencio, HPB hace una declaración extraordinaria sobre la relación que existe entre esa obra y Las Estancias de Dzyan:
La obra de la cual aquí traduzco forma parte de la misma serie de la que están tomadas las "Estancias" del Libro de Dzyan, en el que se basa La Doctrina Secreta.1
Decir que La Voz del Silencio y La Doctrina Secreta tienen la misma fuente es equivalente a sugerir que ninguna de esas dos obras puede comprenderse, siempre y cuando las estudien una mente que aún no está consciente de que está bajo la influencia de su propio condicionamiento.
La Voz del Silencio es despiadadamente clara sobre el tema de la necesidad de que exista una mente no condicionada (una mente aclarada mediante el yoga), pues comienza con la advertencia de que
El que quiera escuchar la voz de Nada, "el Sonido Sin Sonido", y comprenderlo, tiene que aprender la naturaleza de Djárana. Habiéndose tornado indiferente ante los objetos de la percepción, el discípulo tendrá que buscar al rashah de los sentidos, al Productor de Pensamientos, el que genera la ilusión. La Mente es la gran Destructora de lo Real. Sea el Discípulo el destructor de la Destructora.2
De manera que, según esta admonición preliminar, cualquiera que no pueda haberse "tornado indiferente ante los objetos de la percepción", no está en posición de comenzar correctamente el estudio de La Voz del Silencio--o de La Doctrina Secreta, dado que ambas obras tienen una misma fuente, y presumiblemente imponen los mismos requisitos sobre sus estudiantes.
En el yoga óctuple o astanga de Patanyali, sus ocho "miembros" se enumeran: yama, niyama, ásana, pranayama, pratiajara, djárana, djiana y samadji. Son "miembros" en lugar de "pasos" debido a que ninguno de ellos se puede practicar correctamente si todos los demás no están presentes. Aún así, el orden en que los da Patanyali ha sido el que se ha enseñado por milenios. Ese es el mismo orden sugerido en estas primeras líneas de La Voz del Silencio. Se dice allí que ahora que el discípulo se ha "tornado indiferente ante los objetos de la percepción" (pratiajara), ahora "tiene que aprender la naturaleza de Djárana" (usualmente traducido como "concentración").
En otras palabras, el propósito de La Voz del Silencio no consiste en efectuar una mera especulación conceptual, que es en lo que consiste la metafísica. Este es claramente un libro cuyo propósito es aconsejar a cualquiera que ya esté seriamente comprometido en el sendero de yoga, el sendero de la transformación. Y dado que según HPB La Doctrina Secreta proviene de la misma fuente, uno tendría la expectativa de que exactamente los mismos requisitos apliquen a esa obra.
Por ejemplo, parece suficientemente claro que el propósito de la primera estancia es describir, hasta donde las palabras permiten tal cosa, el estado de conciencia llamado en zen y en otras escuelas (y en La Doctrina Secreta) sunyatta. Según todas esas enseñanzas, es en ese estado que presumiblemente puede tomar lugar una mayor comunión con el universo. Esa primera estancia también podría decirse que es una descripción de los estados de consciencia presentes en un adepto, como el texto mismo lo expresa cuando se refiere al "ojo abierto" de "Dangma". Como lo esplica HPB en una nota,
En la India se le llama el "Ojo de Shiva", pero más allá de la Gran Cordillera se conoce en fraseología esotérica como "El Ojo Abierto de Dangma". Dangma quiere decir un alma purificada, alguien que se ha convertido en Shivanmukta, el Adepto de mayor rango, o un Majatma. Su "Ojo Abierto" es el ojo espiritual interno del vidente; es la facultad que se manifiesta a través del mismo, y no es la clarividencia en el sentido comunmente empleado, es decir, el poder de ver a distancia. En lugar de ello, es la facultad de la intuición espiritual, mediante la cual es obtenible el conocimiento directo y definitivo.3
Esa primera estancia se refiere explícitamente al hecho de que cuando hay sunyatta, "Espacio", ninguna de las explicaciones que proveen las escrituras tienen importancia alguna, dado que no hay nadie que pueda leer o considerar lo que éstas dicen. Retrata con sus palabras (hasta donde tal cosa es posible) ese estado de completa vacuidad. Parte de lo que señala (como en las enseñanzas de Nagáryuna, en las que se basa el zen) es que el sendero hacia la liberación no tiene sentido alguno en ese estado, debido a que no hay nadie que pueda reaccionar a nada, no hay ningún lugar a donde ir, no hay anhelo para cambiar nada. Tales pujanzas y anhelos proceden siempre, y sin excepción, de la mente condicionada, con sus temores y expectativas. Por lo tanto, cuando la vacuidad psicológica de sunyatta es, "Los Siete Senderos Hacia la Beatitud no existían", como se expresa en las Estancias. Ni hay preocupación alguna en ese estado por la miseria o mediocridad de la vida diaria como la vivimos usualmente, es decir, en constante apego a diversos objetos de sensación (representados en la terminología budista por los llamados doce nidanas). Por lo tanto, "Las Grandes Causas de la Miseria no existían".
Lo que sigue es el texto completo de esa estancia, que es citada para que el lector la pueda considerar desde esta perspectiva psicológica. Aunque sólo un comentario completo, prestando atención cuidadosa a cada término, y con referencias específicas a fuentes budistas y otras, podría proveer una exposición más clara, las expresiones más transparentemente psicológicas están en cursiva:
La Paternidad Eterna, envuelta en su Siempre Invisible Manto, dormitaba una vez más por Siete Eternidades. Tiempo no había, pues éste dormía en el Infinito Regazo de la Duración. Mente universal no había, pues no habían Ah-Ji que pudiesen contenerla. Los Siete Senderos Hacia la Beatitud no existían. Las Grandes Causas de la Miseria no existían, pues no había nadie que pudiese producirlas, y ser enmarañado por ellas. La oscuridad sola llenaba el Ilimitado Todo, pues Padre, Madre e Hijo eran una vez más uno, y el Hijo no había aún despertado para la nueva Rueda, y su Peregrinaje en la misma. Los Siete Señores Sublimes y las Siete Verdades habían cesado de ser, y el Universo, el Hijo de la Necesidad, estaba inmerso en Paranishpanna, para ser expirado por aquello que es, y sin embargo no es. Nada era. Las Causas de la Existencia se habían trascendido; lo Visible que era, y lo Invisible que es, estaban en Eterno No Ser -- el Ser Unico. Solitaria, la Unica Forma de Existencia se explayaba ilimitada, infinita, sin causa, en un Sueño Vacío, y la Vida pulsaba inconsciente en el "Espacio" Universal, a través de esa Omnipresencia que es percibida por el Ojo Abierto de Dangma. Pero ¿dónde estaba Dangma cuando el Alaya del Universo estaba en Paramarza, y la Gran Rueda estaba Anupádaka?4
Paramarza es el nombre de otro tratado esotérico que, según se dice, pertenece a la misma serie que las Estancias y La Voz del Silencio:
Conjuntamente con la gran obra mística llamada Paramarza, la cual, según nos dice la leyenda de Nagáryuna, fue entregada al gran Arjat por los Nagas o "Serpientes" (en realidad un nombre que se daba a los Iniciados antiguos), el "Libro de los Preceptos Dorados" pretende tener el mismo origen.5
El término es de importancia crucial en la escuela Madjiamika del budismo (fundada por Nagáryuna), y La Doctrina Secreta lo define como "Ser y Consciencia Absolutos, que son No Ser e Inconsciencia Absolutos".6
Krishnamurti, expresándose en un estilo literario más contemporáneo, clarificó esta cuestión del Ser Absoluto, que es Absoluto No Ser, cuando señaló que
La esencia del pensamiento es ese estado en el que no hay pensamiento. Por muy honda y extensamente que se investigue el pensamiento, siempre permanecerá superficial. El pensamiento finaliza con la negación, y lo que es negativo no se expresa positivamente, no hay método ni sistema algunos, que puedan dar fin al pensamiento. El método, el sistema, es un enfoque positivo hacia la negación, y por lo tanto, el pensamiento nunca puede hallar su propia esencia. Tiene que dejar de existir para que la esencia pueda ser. La esencia del ser es el no ser y para poder "ver" la profundidad del no ser, uno tiene que estar libre de todo devenir.
HPB explica en su comentario, usando un lenguaje desnudado de los términos hegelianos que se emplean invariablemente en La Doctrina Secreta (quizás para obtener mayor aceptación de parte de su audiencia victoriana). Dice ella que
"Paramarzasatia" es auto-consciencia, Suasamvedana, o reflexión auto-analizadora --de parama, por encima de todo, y arza, comprensión-- satia significando el verdadero ser absoluto, o esse.8
Si uno lee cuidadosamente el comentario de HPB del verso nueve de la primera estancia, verá que el tema de la estancia en su totalidad, claramente, no es del todo la creación del universo en el sentido convencional. Sin embargo, eso precisamente es lo que toman por sentado todos y cada uno de los comentarios pasados de La Doctrina Secreta, en los que se presenta esa obra como si fuese exclusivamente un tratado de metafísica. En lugar de ello, y leyéndolo con la clave psicológica en mente, este texto está lidiando principalmente con estados de consciencia que son posibles solamente para un adepto de altos logros. Se dice ahí que
Alaya es el Alma del Mundo o Anima Mundi --la Super Alma de Emerson-- la cual según la enseñanza esotérica cambia su naturaleza periódicamente. Alaya, aunque es eterna e incambiable en su esencia interna en los planos a los que no pueden llegar ni los hombres ni los dioses cósmicos (Djiani-Budas), cambia durante el período de vida activa en respecto a los planos inferiores, incluyendo los nuestros. Durante ese tiempo no sólo son los Djiani-Budas unos con Alaya en Alma y Esencia. Aún hasta el hombre fuerte en Yoga (Meditación Mística) "es capaz de aunar su alma con ella", como dice Aryasanga, de la escuela Yogacharia. Esto no es Nirvana, sino una condición contigua al mismo.9
La verdadera naturaleza del espacio, y la gravedad de las dificultades implícitas en hablar sobre este tema sin la perspectiva adecuada en la vida propia (como lo hacen de rutina los metafísicos), es una vez más aclarado sin ambages por Krishnamurti:
El pensamiento es incapaz de concebir o formular de por sí la naturaleza del espacio. Lo que formula siempre lleva implícitos los límites de sus propias fronteras. Este no es el espacio que se descubre en la meditación. El pensamiento siempre tiene un horizonte. La mente meditativa no tiene horizontes. La mente no puede ir desde lo limitado hasta lo inmenso, ni puede transformar lo limitado en lo ilimitado. Lo uno tiene que cesar de ser, para que lo otro sea. La meditación es la apertura de una puerta hacia un espacio sobre el cual no se puede imaginar o especular. El pensamiento es el centro alrededor del cual forma el espacio creado por las ideas, y este espacio puede expandirse por ideas adicionales. Pero tal expansión mediante el estímulo, en cualquier forma que sea, no es el espacio en el que no hay centro. La meditación es el acto de comprender este centro, y por lo tanto implica el trascenderlo. El silencio y el espacio van juntos. La inmensidad del silencio es la inmensidad de la mente en la que no hay centro. La percepción de este espacio y silencio no pertenece al pensamiento. El pensamiento puede percibir solamente su propia proyección, y el reconocimiento de la misma es su propia frontera.10